Si tienes dinero, nunca es tarde para aprender.

La gran Mariló Montero dijo en su entrevista con Pablo Motos “Si tienes dinero, nunca es tarde para aprender inglés”.

Muy seguidora de esta mujer y sus opiniones no podría decirse que sea. De hecho, más bien comulgo poco con parte de su filosofía y sus resbalones en cuanto a tacto se refiere pero cuando llegaron a mí esa palabras pensé “me cagüen la leche que va a tener parte de razón”.

Cuando te quedas sin trabajo, uno de los consejos que te hacen llegar es el de que aproveches el tiempo para volver a estudiar. Aquí aparecen una serie de handicaps cotidianos, que no mentales porque tú siempre tienes ganas y curiosidad. La primera es que la situación te pilla en una edad en la que existen responsabilidades ineludibles tales como comprar comida, pagar la luz, estar al día con los gastos de comunidad… Puedes prescindir de salir a cenar los fines de semana, no te es esencial ni de lejos renovar ropero ni poner gasolina en un coche que intentas no mover pero hay imprescindibles a los que debes hacer frente sí o sí.

Después puedes tener la gran suerte de solicitar una prestación por desempleo y que te la concedan pero que sea equivalente al salario ganado en los últimos seis meses y que ¡albricias! tu último empleo haya sido de media jornada. Pero tú quieres mantener la mentalidad fresca y exultante como una modelo de un anuncio de colonia en el Caribe y procedes a hacer cábalas para que el salario que ganas sea suficiente. Lo consigues, esto es así porque a modelo caribeña no te gana nadie.

Luego vienen los extras personales que como personales que son los hay de mil colores. Por ejemplo, pensar que de seguir estudiando te gustaría que fuera algo que te otorgara una certificación de esas que dan puntos. También por ejemplo que tiene que ser algo que pueda estar abierto a standby si se da la casualidad de encontrar trabajo. Algo que puedas dejarte suspendido en el aire durante una temporada o que pueda cambiar de horario acoplándose a tus necesidades. Todo es tan a medida como un personal trainner… de esos que tampoco te puedes permitir y que harían de ti esa que tu crees que eres hasta que te pones a correr tres minutos de reloj y notas que la vida se te escapa a borbotones.

Todas estas cosas serían fácilmente subsanables si tuvieras dinero para invertir en formación, por necesidad o gusto, pero da la casualidad de que ahora que tienes el tiempo-no tienes el dinero o incluso teniendo trabajo la mayoría de las veces el sueldo no te da para mucho más o los horarios comienzan a parecer un puzzle a veces irresoluble.

 

A mí estas situaciones me llevan a pensar sobre las etapas o las fases de la vida porque yo soy así de mistiquita y miro a veces al horizonte por la ventana hasta que las ideas vienen a mí. El momento ideal en el que poder tomar decisiones y llevarlas a cabo, en principio sin grandes problemas,  está ubicado en momentos de tu vida en los que puede que no tengas ni idea de por dónde tirar.  A los 16 te hacen elegir si eres de ciencias o letras, a los 18 qué carrera universitaria quieres seguir; con suerte acabas con la posibilidad de especializarte haciendo algún master pero muchos de nosotros seguimos esos procesos por inercia.

Yo soy licenciada en Filosofía y ahora mismo volvería al pasado y me explicaría por qué igual no era tan buena idea estudiar esa carrera como primera y única opción. Iría un poquito más atrás y me explicaría que igual valía la pena no abandonar del todo las matemáticas con 16 años. Incluso me diría “Guillermina aunque te suene muy americano tal vez sea buena idea darte un año de reflexión sobre lo que realmente quieres estudiar porque, en parte, condicionará ciertas decisiones que poder tomar en tu futuro y si no acabas de acertar piensa que puedes hacer un cambio en cualquier momento sin que eso te suponga un fracaso existencial”.

Pero hay momentos que te pillan a medio madurar o muy a tope de hormonas o de sueños de futuro.

Ahora con 36 años y habiendo trabajado en muchos espacios diferentes puedo decir que la experiencia y el haberme dedicado tiempo a escucharme, me hacen saber por dónde me gustaría seguir formándome. Ahora sé, aunque en ocasiones hayan dudas, qué cosas me gustan, sé qué cosas no me gustan pero que estaría dispuesta a retomar porque tienen su importancia, sé muchas cosas que cuando hubo que decidir no sabía y soy consciente de la merma de capacidades que aunque no sean grandes hacen que la formación sea más eficiente con algo de guía… y ahora le doy la razón a Mariló y su frase “si tienes dinero, nunca es tarde para aprender (inglés)”.

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