La Borracha

Aún recuerdo el día en que cayó en mis manos ese cuaderno. Estremecía. Era viejo hasta tal punto que parecía que iba a convertirse en polvo en cualquier momento. Y lo tocas con tanta dulzura que parece entrar por todos tus poros.

La Borracha la llamaban, pobres infelices, que poco sabían de amor. Empujan a tu prometido a luchar en una guerra que no es la tuya, por un país que ya no reconoces como propio, a un lugar que no eres capaz de encontrar en el mapa. Y pasan los años, y no hay día que no acabes odiando aquel beso que marcó la despedida. Y el tiempo no pide permiso ni disculpas, el muy cabrón. ¿En qué te habrías convertido tú?
Acabé siendo quien soy ahora gracias a ella, muy a pesar suyo. Gracias a ese tesoro que un día cualquiera, el día menos pensado, aparece en tu camino. Y gracias también, por qué no, a todos esos rumores de gente que nunca la llegó a conocer.
Y ahora estoy aquí, porque no se puede perder, porque me niego a perder el alma.
¡Gracias Guillermina!
(post colaborativo)
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